Presentación de la Exposición “Paisajes del Corazón”. Jaén 1999

PRESENTACIÓN DE LA EXPOSICIÓN “PAISAJES DEL CORAZÓN”. Jaén 1999.
Sala de exposiciones de la Caja General de Ahorros de Granada.

Materiales de desecho.

La vida nuestra de todos los días, la que nos pesa en el corazón o lo aligera, tiene sus propios canales, sus ríos, sus arroyos, sus senderos que se bifurcan infinitamente…
Sobre un mapa hecho de sentimientos entreverados, igual que un cáñamo donde  cruzar hilos de seda con la minuciosidad de las raíces, Carmen Casas ha construido sus paisajes del corazón.
Estos paisajes-visiones que nos acercan y nos alejan del mundo y de nosotros mismos, que establecen distancias desde las que mirar y mirarnos, parecen tener una cierta vocación de radiografías sentimentales por donde corre el jugo de esa fruta escondida: la belleza. La belleza y el placer que acompaña a quien puede encontrarla. O a quien sabe arrancarla de donde se atrinchera. Porque hay algo que destaca sobre todo en esta colección, el esfuerzo por la mezcla, mezcla de técnicas, de soportes, de elementos diversos que se combinan y armonizan en el conjunto, consiguiendo que nos hablen plástica y simbólicamente. “Elementos de desecho” nos dice esta pintora que ha utilizado para construir estos paisajes de interior, estos trazos de intimidad: Materiales de desecho recogidos, reutilizados, reinventados en el cuadro, como esa fascinante Gran ciudad reversible, collage donde parece querer fundirse todo, quizá como un símbolo más de nuestro tiempo; o como ese Cuerpo-árbol con hojas de periódico, flores de tinta seca, gotas de púrpura; o esa postal que se asoma a su propio “doble” paisaje como quien abre una ventana sobre su propia mirada.
Elementos de desecho, arte que quiere ser humilde, visiones que crean distancias, tal vez porque el arte es distancia, porque la vida lo es.
Y que elemento de desecho mejor que la imagen del rostro que creemos que nos refleja en el espejo. Como esa imagen nunca es la nuestra, Carmen Casas arranca la máscara
del espejo y la deja caer entre los brazos de su pintura, como un autorretrato que flota entre sus propias raíces. Quizá para que todos veamos que somos objetos pintados, quizá para que podamos vernos en el único lugar posible, la máscara que somos: otro paisaje del corazón.
Ángeles Mora.

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